¿PARA QUIÉN TRABAJAMOS LOS ARQUITECTOS?

La arquitectura, un oficio cuyo perfil pareciera claro y definido desde siempre, en realidad no ha sido el mismo a lo largo de la historia y, sobre todo, no ha respondido a los mismos “clientes”.

En la cultura occidental comenzamos, por ejemplo, siendo sacerdotes al servicio de los faraones de Egipto, quienes necesitaban a título personal unos mausoleos que pudieran ser vistos desde la eternidad.

Durante siglos continuamos totalmente especializados en lo divino y para los griegos construimos templos con prodigalidad.

Los romanos, inventores de la burocracia a escala imperial, necesitaron de una gran capacidad productiva para construir, además de templos a muchos dioses, los propios y los que se encontraban por ahí, puentes, acueductos, carreteras, anfiteatros, coliseos…

Con el desplome del imperio romano llegaron unos tiempos sombríos, de miedos y penalidades, y todas las miradas se volvieron de nuevo hacia lo omnipotente desconocido.

Las iglesias y las catedrales volvieron a ser la práctica totalidad de la cartera de negocio de los arquitectos, quienes habían perdido el hilo del know how romano y, apilando piedras pequeñas de forma anónima, tuvieron que inventarse el Gótico.

En el Renacimiento la cosa empezó a ponerse buena para eso de las starchitects: protagonismo y mecenas con mucho cash para dar rienda suelta a los impulsos más artísticos: seguimos con la profusión de iglesias pero añadimos los palacios para unos cuantos promotores selectos.

Hasta aquí, como se puede ver, ni una sola vivienda. A no ser que queramos aceptar palacio por vivienda.

Es en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, cuando surge la necesidad de diseñar y construir lugares para acoger las vidas de los obreros migrantes. En el XX esta necesidad explota de forma masiva y cambia radicalmente la profesión, convirtiéndose la vivienda en el cometido central de nuestra misión.

Al mismo tiempo que se producía este cambio radical de la profesión, se producía un cambio radical de la sociedad: la democracia. Por fin, todas las mujeres y todos los hombres mayores de edad podían emitir un voto para decidir quién les representaba políticamente.

El siglo XX transcurrió creyendo que democracia era eso, votar, pero ahora nos preguntamos hasta dónde queremos llegar con el invento.

Por tanto…

Si uno de los grandes retos de nuestra sociedad es averiguar qué tipo de democracia nos podemos permitir: representativa, participativa, directa, líquida… por sorteo, ¿cómo debieran ser la arquitectura y el urbanismo que respondieran a esa democracia?

Para averiguarlo y poder proponer nuevas metodologías y contextos de trabajo que permitan incorporar a las personas al proyecto del diseño y gestión de la ciudad… formo parte de la red internacional CivicWise, donde desarrollamos infraestructuras digitales y procedimentales para sostener inteligencia colectiva, divulgo con estudiantes, propongo en foros profesionales, participo en iniciativas ciudadanas, aprendo en talleres de “expertos”, construyo en eventos internacionales, promuevo proyectos en torno a la participación, trabajo en la conexión de actores urbanos y colaboro en el desarrollo de herramientas municipales.