Los proyectos inmobiliarios producen dinero, a veces mucho dinero, y ese es el propósito del juego, hacer mucha pasta.

En realidad todo gira alrededor de la guita: los terrenos, los ciudadanos, los políticos y los constructores son piezas de una trama que hay que darse prisa en montar para que ese proyectito o proyectazo empiece a producir sobres de parné en cada ronda de cartas.

Y hay que darse prisa porque, lo llames como lo llames, el dinero no es infinito y cuando se acaba ya no hay manera de seguir jugando.

El negocio de la burbuja inmobiliaria es cortoplazista, exige estar despierto y aprovechar tus cartas estratégicamente pero con decisión.

Monta tu primera trama, por pequeña que sea y empieza a producir ya mismo unos ingresos que podrás utilizar en vicios, en más terrenos, en favores o directamente evadir.

El Ladrillazo es un juego de cartas que podía haber sido igualmente un libro o una tesis doctoral. Todos los lugares, situaciones y personajes son reales, han formado parte de esa película que cuesta creer y parece ficción pero que sin embargo es hiperrealismo español y por un rato nos hizo vivir la ilusión de que la sencilla clase media también podía vivir de la especulación.

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